LA ASAMBLEA O LA PLENA SUFICIENCIA DEL NOMBRE DE JESÚS.

(C.H. Mackintosh)

Parte 1 ¿Hay una asamblea en la tierra?

 

INTRODUCCIÓN.

En un tiempo como el presente, cuando casi toda nueva idea se convierte en el centro o punto de reu­nión de alguna nueva asociación, no podemos menos que percibir el valor de tener convicciones divinamente for­madas acerca de lo que es realmente la Asamblea. Vivimos en un tiempo de inusitada actividad intelectual y, en consecuencia, existe la más urgente necesidad de estudiar la Palabra de Dios con calma y oración. Esa Palabra —bendito sea su Autor— es como una roca que en medio del océano del pensamiento humano se mantiene inconmovible a pesar de la furia de la tempestad y del incesante embate de las olas. Y no solo se mantiene inconmovible ella misma, sino que comunica su propia estabilidad a todos los que simplemente se emplazan sobre ella. ¡Qué gracia es poder escapar así del oleaje y de las sacudidas del tempestuoso océano y hallar la calma y el reposo en esa roca eterna!

 

Esto, verdaderamente, es una gran bendición. Si no fuera por­que tenemos "la ley y el testimonio" (Isaías 8:20), ¿dónde esta­ríamos? ¿Adónde iríamos? ¿Qué haríamos? ¡Qué oscuridad!

 

¡Qué confusión! ¡Qué perplejidad! Diez mil voces discordantes llegan, a veces, al oído, y cada voz parece hablar con tanta autoridad que, si uno no conoce bien la Palabra y se apoya en ella, hay un gran peligro de ser disuadido o, al menos, tris­temente conmovido y turbado. El uno le dirá a Ud. que esto es lo correcto; el otro le dirá que lo es aquello; un tercero le dirá que todo es correcto y un cuarto le afirmará que nada es correcto. Con referencia a la posición eclesiástica, Ud. se encontrará con algunos que vienen aquí, otros que van allá, algunos que van a todos lados y también algunos que no van a ninguna parte.

 

Ahora bien, ¿qué debe hacer uno en tales circunstancias? No todo puede ser correcto; y, sin embargo, seguramente hay algo que tiene que serlo. No puede ser que estemos obligados a vivir en el error, en las tinieblas y en la incertidumbre. "Hay una senda" —bendito sea Dios— aun cuando "nunca la conoció ave, ni ojo de buitre la vio; nunca la pisaron animales fieros, ni león pasó por ella" (Job 28:7-8). ¿Dónde está esta senda segura y bendita? Oiga Ud. la respuesta divina: "He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia" (Job 28:28).

 

Procedamos, pues, con temor del Señor, a la luz de su infalible verdad y en humilde dependencia de la enseñanza de su Santo Espíritu, a examinar el tema indicado en el encabeza­miento de este escrito; y tengamos gracia para no confiar en nuestros propios pensamientos ni en los de otros, de modo que nos sometamos sinceramente para ser enseñados solo por Dios.

 

Ahora, para sacar provecho del importante tema de la Asamblea, primero tenemos que estar convencidos de un hecho y, en segundo lugar, debemos de hacernos una pregunta.

Cuadro de texto: IEl hecho es: Hay una Asamblea en la tierra.

La preguntaes: ¿Cuál es esa Asamblea?

 

A.- Hay una Asamblea en la tierra

Primeramente, pues, veamos el hecho. Hay algo en la tierra que se llama y es la Asamblea. Este es un hecho importantísimo, por cierto: Dios tiene una Asamblea en la tierra.Lo que entiendo por tal no se relaciona con ninguna organización puramente humana —tal como la iglesia Griega, la iglesia de Roma, la iglesia Anglicana, la iglesia de Escocia— ni con ninguno de los varios sistemas salidos de ellas, formados y elaborados por la mano del hombre y man­tenidos con los recursos del hombre. Me refiero simplemente a la Asamblea reunida por el Espíritu Santo alrededor de la persona del Hijo de Dios para adorar a Dios el Padre y tener comunión con él. Nuestra capacidad para reconocer y apre­ciar esta Asamblea es un asunto totalmente diferente, el que dependerá de nuestra espiritualidad, del despojamiento de nuestro yo, del quebrantamiento de nuestra voluntad, de nuestra infantil sumisión a la autoridad de las Santas Escritu­ras. Si comenzamos nuestra investigación acerca de la Asam­blea, o de lo que puede ser su expresión, con nuestra mente llena de prejuicios, ideas preconcebidas o predileccio­nes personales; o si, en nuestras investigaciones, recurrimos a la vacilante luz de los dogmas, de las opiniones y de las tradiciones de los hombres, podemos estar perfectamente segu­ros de que no arribaremos a la verdad. Para reconocer a la Asamblea, debemos ser enseñados exclusivamente por la Palabra de Dios y guiados por su Espíritu; porque de la Asamblea, lo mismo que de los hijos de Dios, se puede decir: "El mundo no la conoce". (Juan 1:10)

                                                                                                                                                                 

De ahí que, si de alguna manera somos gobernados por el espíritu del mundo; si deseamos exaltar al hombre; si procuramos hacer valer nuestros méritos ante los hombres; si nues­tro objetivo es lograr lo que nos parece más atrayente, a saber, una posición honorable que, sin embargo, sea una trampa para nuestras almas, desde ya podemos abandonar nuestra investigación sobre la Asamblea y refugiarnos en la de las formas de la organización humana, la cual se acomoda mejor a nuestros pensamientos o a nuestra íntimas convicciones.

 

Además, si nuestro objetivo es encontrar una asociación reli­giosa en la cual se lea la Palabra de Dios, o donde se halle pueblo de Dios, en seguida podremos ver satisfecho ese propósito (de refugiarnos en organizaciones humanas), pues sería difícil, por cierto, encontrar una sección del cuerpo profesante en la cual no se vea realizada una de esas condiciones (o ambas). El hecho que hay una asamblea  en la tierra y nuestra pregunta es ¿Cuál es esa asamblea?

 

Por último, si meramente pretendemos hacer lo mejor que podamos, sin examinar cómo lo hacemos; si nuestro lema es “Per fas aut nefas” (*1) en cualquier cosa que emprendamos; si estamos dispuestos a trastrocar aquellas serias palabras deSamuel 15:22 y decir que “el sacrificio es mejor que la obediencia y la grosura de los carneros que el prestar atención”, entonces es inútil que prosigamos nuestra investigación sobre la Asamblea, tanto más cuanto esta Asamblea solo puede ser descubierta y aprobada por alguien que haya aprendido a huir de las diez mil sendas floridas de la conve­niencia humana y a someter su conciencia, su corazón, su inteligencia, todo su ser moral a la suprema autoridad de "Así dice el Señor". En una palabra, pues, el discípulo obe­diente sabe que existe una Asamblea, y él también estará capacitado, por gracia, para encontrarla y para reco­nocer que su propio lugar está allí. Quien estudia con inteli­gencia la Escritura (Hechos 17:11), advierte muy bien la diferencia que hay entre un sistema fundado, formado y gobernado por la sabi­duría y la voluntad del hombre y la Asamblea que se reúne alrededor de Cristo el Señor y que es gobernada por Él. ¡Cuán vasta es la diferencia! Es justamente la que existe entre Dios y el hombre.

 

(*1) Nota del traductor (N. del T.): Expresión latina castellanizada "por fas o por nefas", que significa "justa o injustamente", "por una cosa o por otra".

 

Pero se nos puede pedir que presentemos las pruebas bíblicas de que hay en esta tierra una Asamblea, por lo cual procederemos de inmediato a proporcionarlas; pero antes permítasenos decir que, sin la autoridad de la Palabra, todas las afirmaciones sobre este punto carecen de valor. Por lo tanto, "¿qué dice la Escritura?" (Romanos 4:3).

 

Nuestra primera cita será ese famoso pasaje de Mateo 16:13-18 "Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista, otros Elías; y otros Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi asamblea (ekklesia) (*2) y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".

 

(*2) Nota del autor (N. del A.): Las palabras «iglesia» y «asamblea» pro­vienen del mismo término griego: ekklesia. «Asamblea» transmite el verdadero significado.

 

Aquí nuestro bendito Señor anuncia su propósito de edificar una asamblea, y revela el verdadero fundamento de ella, a saber: "Cristo, el Hijo del Dios viviente". Este es un punto sumamente importante en nuestro tema. El edificio está fun­dado sobre la Roca, y esa Roca no es el pobre Pedro, quien puede fallar, tropezar, errar, sino Cristo, el eterno Hijo del Dios viviente; y cada piedra de ese edificio participa de la Roca viviente, la cual, al ser victoriosa sobre todo el poder del enemigo, es indestructible (*3).

 

(*3) N. del A.: Es de suma importancia distinguir entre lo que Cristo edifica y lo que edifica el hombre. Seguramente "las puertas del Hades" prevalecerán contra todo lo que es del hombre. Por eso sería un gravísimo error aplicar a la edificación puramente humana, pala­bras que solo pueden aplicarse a lo que Cristo edifica. El hombre puede edificar con "madera, heno u hojarasca" (1 Corintios 3:12); y ¿quién puede dudar —y lo decimos con dolor— de que esto es así? Pero todo lo que nuestro Señor Jesucristo edifica permanecerá para siem­pre. Cada obra de Sus manos lleva el sello de la eternidad. ¡Alabemos Su glorioso nombre!

 

Además, un poco más adelante en el evangelio de Mateo lle­gamos a un pasaje igualmente familiar. "Por tanto, si tu her­mano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Más si no te oyere, toma aun contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres tes­tigos conste toda palabra. Si no lo oyere a ellos, dilo a la igle­sia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:15-20).

 

Tendremos ocasión de referirnos nuevamente a este pasaje en la segunda división de nuestro tema. Lo introducimos aquí meramente como un eslabón en la cadena de evidencias bíblicas acerca del hecho de que existe una asamblea en la tierra. Esta asamblea no es un nombre, una forma, una pretensión o una suposición. Es una realidad divina, una ins­titución de Dios que posee Su sello y aprobación. Es algo a lo cual debe apelarse en todos los casos de ofensas y dispu­tas personales que no pueden ser arregladas por las partes involucradas. Esta asamblea puede consistir solo de "dos o tres" personas, la menor pluralidad, para decirlo así; pero ahí está, reconocida por Dios y sus decisiones ratificadas en el cielo.

 

Ahora bien, no tenemos que dejarnos espantar y desviar de la verdad sobre este tema por el hecho de que la iglesia de Roma haya intentado basar sus monstruosas pretensiones en los dos pasajes que acabamos de citar. Esa iglesia no es la Asamblea, edificada sobre Cristo —la Roca— y reu­nida al nombre de Jesús, sino una apostasía humana, fundada sobre un frágil mortal y gobernada por las tradiciones y doc­trinas de los hombres. Por consiguiente, no debemos tolerar que seamos privados de la realidad de Dios por causa de la impostura de Satanás. Dios tiene su Asamblea en la tierra y nosotros somos responsables de reconocerla y de encontrar nuestro lugar en ella. Esto puede ser dificultoso en un tiempo de confusión como el actual. Ello demandará un ojo sencillo, una voluntad sumisa, un espíritu humillado. Pero el lector esté seguro de que es su privilegio poseer tanto una seguridad divina con relación a su lugar en la Asamblea como con respecto a la verdad de su propia salvación por medio de la sangre del Cordero; y no debería estar satisfecho sin esto. Yo no estaría contento de vivir una hora sin la seguridad de que estoy asociado, en espíritu y en principio, a la Asamblea. Digo en espíritu y en principio porque puede ocurrir que me halle en un lugar donde no exista ninguna expresión local de la Asamblea, en cuyo caso debo conten­tarme con tener comunión, en espíritu, con todos aquellos que se encuentran en el terreno de la Asamblea, y esperar que Él me franquee el camino, de manera que yo pueda gozar del privilegio real de estar presente, en persona, con su pueblo para gustar las bendiciones de su Asamblea, como así también para compartir las santas obligaciones de ella.

 

Esto simplifica admirablemente el asunto. Si no puedo tener la Asamblea, no tendré nada a ese respecto. No me basta concurrir a una comunidad religiosa en la que hay algu­nos cristianos, en la que se predica el Evangelio y se adminis­tran las ordenanzas. Debo estar convencido, por la autoridad de la Palabra y por el Espíritu de Dios, que aquella está ver­daderamente congregada sobre el principio de la Asamblea y que posee todas las características de ella; de otro modo, no puedo reconocerla. Puedo reconocer a los hijos de Dios que están allí, si me permiten hacerlo fuera de los límites de su sistema religioso; pero no puedo reconocer ni aprobar ese sistema en modo alguno. Si lo hiciera, solo sería como si afirmara que es totalmente indiferente que yo tome mi lugar en la Asamblea o en los sistemas del hombre, que reconozca el Señorío de Cristo o la autoridad del hombre, que reverencie a la Palabra de Dios o a las opiniones del hom­bre.

 

Si duda, estas afirmaciones chocarán a muchos. Se hablará de santurronería, prejuicio, estrechez de miras, intolerancia y cosas similares. Pero esto no debe apenarnos mucho. Todo lo que tenemos que hacer es cercioramos de la verdad res­peto a la Asamblea y adherirnos a ella con el cora­zón y enérgicamente, a toda costa. Si Dios tiene una Asamblea —y la Escritura dice que la tiene—, entonces debo estar allí y no en otra parte. Es evidente —y cada uno debe convenir en ello— que, donde hay varios sistemas antagónicos, no todos pueden ser divinos. ¿Qué debo hacer? ¿Debo con­tentarme con elegir el menor de los dos males? Por cierto que no. ¿Qué, entonces? La respuesta es clara, enfática y directa: la Asamblea o nada. Si donde Ud. vive hay una expre­sión local de esa Asamblea, bien; esté allí en persona. Si no, conténtese con tener comunión espiritual con todos aquellos que, humilde y fielmente, reconocen y ocupan esta santa posición.

               

Se puede tomar por liberalismo la disposición a aprobarlo todo e ir con todo y con todos. Puede parecer muy fácil y pla­centero estar en un lugar “donde se da rienda suelta a la voluntad de todos y donde no es ejercitada la conciencia de ninguno”, donde podemos sostener y decir lo que nos gusta, hacer lo que nos agrada e ir adonde nos plazca. Todo esto puede parecer muy deleitoso, muy plausible, muy popular, muy atractivo; pero será estéril y amargo al final; y, en el día del Señor, con toda seguridad que todo ello será consumido por completo como tanta madera, heno y hojarasca que no podrá resistir la acción de Su juicio.

 

Pero prosigamos con nuestras pruebas bíblicas. En los Hechos de los Apóstoles, o más bien los Hechos del Espíritu Santo, encontramos la Asamblea formalmente establecida. Un pasaje o dos serán suficientes: "Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos" (Hechos 2:46-47). Tal era el sencillo orden apostólico del principio. Cuando una persona se convertía, tomaba su lugar en la Asamblea; no había dificultad para admitirla, no había sectas ni partidos que reclamaran para sí el derecho a ser considerados una iglesia, como si tuvieran una causa propia o un interés particular. Solo había una cosa: la Asamblea, donde él moraba, actuaba y gobernaba. No era un sistema formado según la voluntad, el juicio o incluso la conciencia del hombre. El hombre aún no había emprendido la tarea de hacer una igle­sia. Ese era trabajo de Dios. Era solo incumbencia y prerro­gativa de Dios tanto reunir a los salvos como salvar a los dispersos. (*4).

 

(*4) N. del A.: En ninguna parte de las Escrituras se encuentra la idea de ser miembro de una iglesia. Todo creyente verdadero es miembro de la Iglesia de Dios, del cuerpo de Cristo, y, por consiguiente, no puede ser más, propiamente hablando, un miembro de otra cosa, así como mi brazo no lo puede ser de otro cuerpo.

 

El único terreno verdadero en el cual los creyentes pueden reunirse es aquel expuesto en esa magnífica declaración: "(Hay) un cuerpo, y un Espíritu". Y, también, "siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo" (Efesios 4:4; 1 Corintios 10:17). Si Dios declara que no hay sino "un cuerpo”, debe ser contrario a su pensa­miento que haya muchos cuerpos, sectas o denominaciones.

 

Ahora bien, aunque es cierto que ningún número dado de creyentes, en ningún lugar, puede ser llamado "el cuerpo de Cristo", o "la Asam­blea", ellos deberían reunirse sobre el fundamento de ese Cuerpo y de esa Asamblea, y sobre ningún otro. Llamamos la aten­ción especial del lector sobre este principio, el cual permanece en todo tiempo, lugar y circunstancia. El hecho de la ruina de la iglesia profesante no lo altera. Ha sido cierto desde el día de Pentecostés; es verdadero en la actualidad; y lo será hasta que la Iglesia sea arre­batada al encuentro de su Jefe y Señor en la nube: "Hay un solo cuerpo". Todos los creyentes pertenecen a ese cuerpo; y deberían reunirse solo sobre ese fundamento.

 

¿Por qué —podemos preguntar con razón— esto debe ser dife­rente ahora? ¿Por qué el regenerado debe buscar algo que esté más allá, o algo que sea diferente a la Asamblea? ¿No es suficiente estar en la Asamblea? El lugar donde Él mora, actúa y gobierna, ¿no es, acaso, el único lugar donde todos los suyos deberían estar? Sin duda que sí. ¿Deberían contentarse con alguna otra cosa? Seguro que no. Reiteramos enfáticamente: o eso o nada.

 

Lamentablemente, es cierto que la caída, la ruina y la apostasía han entrado. Ha crecido la vigorosa corriente del error y ha arrasado muchos de los antiguos hitos de la Asamblea. La sabiduría del hombre y su voluntad, o, si se lo prefiere, su razón, su juicio y su conciencia han puesto manos a la obra en asuntos eclesiásticos, y el resultado aparece ante nosotros en las casi innumerables y desconocidas sectas y partidos de la actualidad. No obstante, nos atrevemos a decir que la Asam­blea es siempre la Asamblea, a pesar de toda la decadencia, el error y la consecuente confusión que le sobrevino. La difi­cultad para llegar al conocimiento de la Asamblea puede ser grande, pero, una vez logrado, su realidad es inalterada e inal­terable. En los tiempos apostólicos, la Asamblea surge intré­pidamente, dejando tras sí la tenebrosa región del judaísmo, por un lado, y del paganismo, por el otro. Era imposible con­fundirse; ella estaba allí como una gran realidad, una compa­ñía de hombres vivientes reunidos, habitados, gobernados y dirigidos por el Espíritu Santo, de modo que el indocto o el incrédulo, cuando entraban, eran convencidos por todos e impulsados a reconocer que Dios estaba allí (véase cuidado­samente 1 Corintios 12 al 14).

 

De manera que, en el Evangelio, nuestro bendito Señor revela su propósito de edificar una Asamblea; esta Asamblea nos es presentada históricamente en los Hechos de los Apóstoles; luego, cuando nos dirigimos a las epístolas de Pablo, le vemos dirigirse a la asamblea de siete lugares diferentes, a saber, Roma, Corinto, Galacia, Éfeso, Filipos, Colosas y Tesalónica; y, finalmente, al principio del libro del Apocalipsis tenemos cartas dirigidas a siete iglesias distintas. Ahora bien, en todos estos lugares, la Asamblea era algo evidente, real, pal­pable, establecido y mantenido por Dios mismo. No era una organización humana, sino una institución divina, un testi­monio, un candelero para Dios en cada lugar.

 

Muchas son, pues, las pruebas bíblicas del hecho de que Dios tiene una Asamblea en la tierra, reunida, habitada y gobernada por el Espíritu Santo, quien es el único y verdadero Vicario de Cristo en la tierra. El Evangelio anuncia proféticamente a la Asamblea, los Hechos la presentan históricamente y las epístolas se dirigen formalmente a ella. Todo esto es claro. Y nótese con cuidado que, sobre este tema, no deseamos pres­tar oídos más que a la voz de la Santa Escritura. Que no hable la razón, porque no la reconoceremos. Que la tradición no alce la voz, porque no le haremos caso. Que la conveniencia o lo que parece oportuno no espere que le prestemos aten­ción. Nosotros creemos en la suficiencia absoluta de la Santa Escritura, la que basta para equipar por completo al hombre de Dios, a fin de prepararlo de un modo perfecto para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). La Palabra de Dios o es sufi­ciente, o no lo es. Nosotros creemos que ella es ampliamente suficiente para todo lo que le es necesario a la Asamblea. No puede ser de otro modo, ya que Dios es su Autor. Debemos o bien negar la divinidad de la Biblia, o bien admitir su suficiencia. No hay término medio, pues es imposible que Dios haya escrito un libro imperfecto o insuficiente.

 

Este es un principio muy solemne en relación con nuestro tema. Muchos escritores protestantes han mantenido, en su ataque contra el catolicismo, la suficiencia y la autoridad de la Biblia; pero nos parece muy claro que ellos siempre están en falta cuando sus oponentes contestan el ataque pidiéndoles pruebas bíblicas que apoyen muchas cosas aprobadas y adop­tadas por las congregaciones protestantes. Hay, en la iglesia del Estado y en las otras comunidades protestantes, muchas cosas admitidas y practicadas que no tienen aprobación en la Palabra; y cuando los inteligentes y sagaces defensores del catolicismo llamaron la atención sobre estas cosas y pregun­taron sobre qué autoridad bíblica se fundaban, la debilidad del Protestantismo se manifestó de manera sorprendente. Si admitimos por un momento que, sobre algún punto, debe­mos recurrir a la tradición y a la conveniencia ¿quién se encar­gará entonces de determinar su límite? Si es permisible apartarse de las Escrituras siquiera en algo, ¿hasta dónde podemos ir en tal dirección? Si se admite en alguna medida la autoridad de la tradición, ¿quién deberá fijar su extensión? Si abandonamos la bien definida y estrecha senda de la reve­lación divina y entramos en el vasto y enmarañado campo de la tradición humana, ¿no tiene un hombre tanto derecho como otro de elegir en él lo que desea? En resumen, es obvia­mente imposible enfrentar a los adherentes del catolicismo romano en cualquier otro terreno que no sea aquel en el cual la Asamblea toma posición, a saber, la suficiencia absoluta de la Palabra de Dios, del nombre de Jesús y del poder del Espíritu Santo. Tal es —bendito sea Dios— la inven­cible posición ocupada por su Asamblea; y, por más débil y despreciable que pueda ser esta Asamblea a los ojos del mundo, sabemos, porque Cristo lo dijo, que "las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Esas puertas prevalece­rán, sin duda, contra todo sistema humano, contra todas esas corporaciones y asociaciones que los hombres han erigido. Y nunca hasta ahora ese triunfo del Hades ha sido manifiesto más terriblemente que en el caso de la propia iglesia de Roma, aunque ella haya pretendido arrogantemente hacer de esta misma declaración de nuestro Señor el baluarte de su poder. Nada puede resistir el poder de las puertas del Hades, salvo esta Asamblea edificada sobre la “Piedra viviente”; y la expresión local de esta Asamblea puede estar constituida por esos "dos o tres reunidos en el nombre de Jesús", un pobre, débil y miserable puñado, la basura del mundo, los peores de todos.

 

Es bueno ser claros y decididos en cuanto a esto. La promesa de Cristo nunca puede fallar. Él —bendito sea su nombre—descendió hasta el punto más bajo posible al cual su Asam­blea puede ser reducida, aun a "dos". ¡Qué misericordioso! ¡Qué compasivo! ¡Qué considerado! ¿Quién como él? Él vin­cula toda la divinidad, todo el valor, toda la eficacia de su pro­pio e inmortal Nombre divino a un oscuro y reducido número reunido alrededor de él. Debe ser muy evidente para la mente espiritual que el Señor Jesús, al hablar de los "dos o tres", no pensaba en aquellos vastos sistemas que surgieron en tiempos antiguos, en la Edad Media y en la Moderna, en Oriente y en Occidente, que contaban sus adherentes y pro­motores no por "dos o tres", sino por reinos, provincias y parroquias. Es evidente que un reino de bautizados y "dos o tres" almas vivientes, reunidas en el Nombre de Jesús, no sig­nifican ni pueden significar lo mismo. La cristiandad bauti­zada es una cosa y la Asamblea es otra. Pronto veremos lo que es esta última, pero ya ahora afirmamos que ellas no son ni pueden ser la misma cosa. Se las confunde constantemente, pese a que no existen dos cosas que puedan ser más distintas (*5).

 

(*5)N. del A.: Es menester que el lector sopese la diferencia que existe entre la Iglesia considerada como "el cuerpo de Cristo" y la Iglesia considerada como "la casa de Dios". Puede estudiar Efesios 1:22 y 1 Corintios 12 con relación al primer aspecto, y Efesios 2:21,1 Corin­tios 3 y 1 Timoteo 3 en relación con el segundo aspecto. Esta distin­ción es tan interesante como importante.

 

Si deseamos saber bajo qué figura presenta Cristo al mundo bautizado, solo tenemos que mirar la "levadura" y el "grano de mostaza... que se hace árbol", de Mateo 13. La primera (la levadura) representa el carácter interno y el segundo (grano de mostaza) el carácter externo del "reino de los cielos", de aquello que había sido original­mente establecido en la verdad y la pureza como una cosa real, aunque pequeña, la cual, por la pérfida acción de Satanás, vino a ser interiormente una masa corrompida, si bien exte­riormente resultó algo popular, de gran apariencia y muy extendido en la tierra, reuniendo toda clase de gente bajo la sombra de su patrocinio. Tal es la lección —la sencilla aunque profundamente solemne lección— a extraer, por la mente espi­ritual, de la "levadura" y del "árbol de mostaza" de Mateo 13. Y podemos agregar que, de esta lección bien comprendida, resultaría la capacidad para distinguir entre el "reino de los cielos" y la Asamblea. El primero se puede comparar con una vasta ciénaga y la última con un arroyo que corre a través de la ciénaga y que está en constante peligro de perder su carácter distintivo, así como su propia dirección, por entre­mezclarse con las aguas circundantes. Confundir las dos cosas es dar el golpe mortal a toda disciplina piadosa y, consecuen­temente, a la pureza en la Asamblea. Si el reino y la Asamblea significan la misma cosa, entonces ¿cómo actuarí­amos en el caso de "esa persona perversa" de 1 Corintios 5? El apóstol nos dice que la "quitemos fuera". ¿Dónde debe­mos ponerla? Nuestro Señor mismo nos dice positivamente que "el campo es el mundo"; y también, en Juan 17:16, nos dice que “los suyos no son del mundo”. Esto hace que todo sea bas­tante claro. Pero los hombres nos dicen, pese a la declaración del propio Señor, que el campo es la Iglesia, y que la cizaña y el trigo – los ímpios y los piadosos – tienen que crecer juntos y que de ninguna manera tienen que ser separados. Así, la clara y positiva enseñanza del Espíritu Santo en 1 Corintios 5 es puesta en abierta oposición a la igualmente clara y posi­tiva enseñanza de nuestro Señor en Mateo 13; y todo esto surge del esfuerzo por confundir dos cosas distintas, a saber, el "reino de los cielos" y la "Asamblea".

 

El objetivo que me propuse no me permite dedicarme más al interesante tema del "reino". Bastante se ha dicho si con ello el lector ha sido convencido de la inmensa importancia de distinguir debidamente entre aquel reino y la Asamblea. Vamos ahora a examinar lo que es esta última. ¡Que el Espí­ritu Santo sea nuestro Maestro!

C.H.Mackintosh

 

                             (Favor Continuar leyendo la parte 2 del librito “La Asamblea o la Plena suficiencia del Nombre de Jesús.  “¿Qué es la asamblea?).