LIBERTAD CRISTIANA

 

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdade­ramente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os ha­rá libres” (Juan 8:31-32).

 

“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo li­bres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). 

 

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; sola­mente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).

 

CONCEPTO

 

Si bien no tenemos en las Escrituras una definición de lo que es la libertad cristiana, sus principios aparecen de una y otra forma en muchísimos pasajes. Y esto no podría ser de otra manera, pues la posición propia de un cristiano es la de la libertad. Para mejor de­cirlo, Jesucristo mismo introdujo y demarcó el terreno de la liber­tad, en la cual nos ha puesto y en la que somos llamados a permane­cer firmes (Gálatas 5:1). Desde entonces, el hombre de fe puede cami­nar en este ámbito que le es propio, pues su posición es la de la li­bertad, la de la libertad con que Cristo le ha hecho libre. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8.36).

 

El asunto de la libertad cristiana siempre aparece como un bien y privilegio inherente a esa posición característica a la que, co­mo creyentes, hemos sido llamados e introducidos. Y aunque nos pa­rezca ilógico, podremos advertir que lo verdaderamente difícil pa­ra un creyente es mantenerse en esa posición de libertad, ya que por nuestra flaqueza podemos tornarnos a la esclavitud del legalis­mo de las ordenanzas, o a justificar el libertinaje de la carne. Y tan­to en un caso como en otro, podemos invocar, de una manera com­pletamente errónea, el beneficio de la libertad cristiana como si fuese un bastión que justifica cualquier capricho de nuestra volun­tad propia. Es por eso, que si bien el asunto de la libertad cristiana es un inmenso privilegio a nuestra entera disposición, propio de nuestra posición, su ejercicio práctico requiere madurez y el per­manente juicio propio.

 

Antes de seguir adelante con este tema, procuremos definir o dar una idea de lo que llamamos libertad cristiana, para luego pa­sar a varios textos de las Escrituras que nos esclarecen sobre ella y su uso. En un primer momento, digamos que la libertad cristiana es ese bien propio y característico de la gracia de Jesucristo y de esa nueva posición en que Él mismo nos introduce y coloca, que supone la más completa emancipación que experimenta la conciencia al ser desatada, desvinculada y desembarazada de toda esa carga y yu­go de las ordenanzas y ceremonias de la religión, y de todos los pre­juicios, costumbres, dogmatismos y criterios humanos y mundana­les (1).

 

 1) La posición de libertad de un creyente abarca también otros aspectos, como por ejemplo lo que se relaciona con la ruptura de todo yugo que me ata al pecado, al mundo, y a Satanás; pero nosotros aquí trataremos especialmente a lo que hace a su ejercicio en la vida práctica frente a las cosas que atan la conciencia y los afectos a las ordenanzas de la religión y a las costumbres y rígidas fórmulas de este mundo.

Cosas estas, que anteriormente han ejercido una poderosísi­ma influencia sobre nuestros pensamientos y afectos, y de las cua­les nos vamos emancipando en la misma medida que maduramos en el conocimiento de la verdad y la comunión con el Señor. Y tal eman­cipación y desembarazo, es de importancia fundamental pues se trata de la desvinculación respecto de cosas que tienen la indesea­ble propiedad de echar una pesada cadena en el ser moral del hom­bre, generando un sentimiento de deber que resulta en una esclavi­tud y dependencia avasalladora a tales cosas. Hay un elemento esencial que interviene en el asunto que hace a la vivencia práctica de esa posición de libertad, y ello se relaciona con el conocimiento y sentimiento que Dios mismo nos da de las cosas, colocándonos so­bre ellas. De modo que el cristiano está por sobre las cosas, y no és­tas sobre nosotros, siendo hechos libres de todo lo que nos conecta con ellas bajo los principios dogmáticos de las ordenanzas de la reli­gión así como del sistema mundanal con sus costumbres, prejuicios y prácticas; y todo ello, conforme a la inteligencia que el Espíritu Santo nos da en el sentir de la gracia de Dios. La libertad cristiana es la libertad de Cristo de acuerdo al conocimiento que de Él tene­mos acerca del valor y lugar de todas las cosas. No es mi libertad, si­no la de Cristo operando en su gracia en mi conciencia, y desvinculándome de toda atadura por el conocimiento maduro que Él mismo nos da sobre las cosas, las personas y las circunstancias. Entonces, la ordenanza, el precepto, la costumbre, etc., dejan de ejercer esa tiranía, ese dominio, esa poderosa influencia moral que nos ata, embaraza e inmoviliza; y ese sentimiento de deber ineludible o de transgresión que turba la paz interior. En consecuencia, todo lo que antes era visto como un deber ineludible y que cuyo incumplimien­to nos hacía experimentar un sentir de desobediencia, falta o peca­do, en materias que en verdad no lo eran de acuerdo a la verdad cristiana, pierde vigor e influencia en nuestro ser moral. E incluso, la libertad cristiana también se ve involucrada cuando en el caso de que sea necesario condescender a la observancia de una ordenan­za, precepto, costumbre, etc., que no necesariamente obliga al cristiano pero que motivaría un bien superior, éste puede adherir a tal observancia sin que ella ejerza ese poder tiránico que genera una vivencia de yugo y deber que esclaviza. Entonces, la adhesión a un precepto o principio cualquiera, puede ser realizada sin que la vi­vencia interior experimente la envoltura de una cadena que genera un servilismo a tal precepto o principio. Así, ya sea que se deje a un lado la ordenanza, ceremonia, precepto o costumbre, o que por el contrario, me someta a ellos, sigo siendo tan libre en un caso como en el otro, experimentando esa emancipación de la gracia que me hace caminar por encima de todo, pues no es mi libertad sino la li­bertad de Cristo en mí, que desembaraza mi conciencia de yugos in­necesarios. Entonces, yo puedo dejar tanto de lado la ordenanza co­mo someterme a ella, según convenga a la luz del Espíritu Santo guiándome en las circunstancias, sin que ello genere un someti­miento ciego, esclavizante y hasta tiránico. Y al llegar a este punto podemos advertir, desde un primer momento, que necesitamos de madurez y discernimiento espiritual para vivir, caminar y permane­cer en esa bendita posición de libertad. Nuestra vieja naturaleza con todos sus vicios, a menudo se entromete para tomar la libertad como excusa y ocultar tras ella sus inicuas intensiones. Por eso, es importante notar que la libertad cristiana, en su aspecto práctico, es un asunto delicado que se halla en relación con nuestro estado de conciencia y con nuestra madurez espiritual; pero en todo caso, ella es un bien de la gracia que me desata de todo, o me pudiera li­gar a algunas cosas pero sin esclavizarme a ellas; y todo, para mar­char en pos del bien superior en toda circunstancia de la vida prác­tica. Desde que el espíritu de gracia de Jesucristo es el que la anima y mueve, ella obra sobre la conciencia según tal espíritu, de modo que la circunstancia misma me conducirá ya a dejar de lado la orde­nanza u observarla, de manera que los derechos e intereses de Dios estén por sobre toda otra cosa. “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”(Colosenses 3:23). El asunto no es tanto qué hacer o no hacer, sino para quién lo hago. La libertad cristiana me coloca por sobre todo para no ver la cosa en sí, sino que pone ante mí el objeto que me libera de ella: Jesucristo mismo. Mi objeto no es la cosa ni la ordenanza que la regla, sino Cris­to que está por encima de ambas.

 

Es necesario no malentender la libertad cristiana. Ella no es la indiferencia sobre el bien y el mal como cosas relativas o definidas por el capricho humano o la pura subjetividad del individuo, sino que es el resultado del conocimiento de Dios y su verdad, y es el es­píritu de la gracia de Cristo que desvincula el bien o el mal de la co­sa misma y me desembaraza de los apasionamientos humanos, ya para obrar o dejar de hacerlo conforme a un bien superior que hon­ra al Señor. No es indiferencia, es responsabilidad que compromete un ejercicio moral delante de Dios. De manera que al llegar aquí, podemos observar cómo este intento de definir la libertad cristia­na, nos permite observar el gran peligro que los engaños de los afec­tos, que las racionalizaciones del intelecto, y que el orgullo de nues­tro corazón, pueden introducir enturbiando y tomando ocasión de ella con el camuflado intento de complacer nuestra propia vieja na­turaleza o los intereses egoístas de nuestro yo, o complacer a los hombres antes que caminar en la voluntad de Dios. Por eso, es tan necesario insistir que el gran principio que gobierna la libertad cris­tiana tiene que ver con un bien de la gracia que ha de ser gozado en la honra y gloria que debemos al Señor, pues ella nunca sacrificaría la santidad ni la verdad de Dios, ya por complacernos a nosotros mis­mos o ya por complacer a otros. Y por eso, el ejercicio legítimo de la libertad cristiana necesariamente tiene que ver con dos cosas que van íntimamente de la mano: el conocimiento de Cristo y de su verdad, por un lado, y el conocimiento de mí mismo y mi vieja natu­raleza adámica, por otro. La madurez para el ejercicio de la liber­tad cristiana es consecuencia de ese doble conocimiento; mi igno­rancia en esta materia, me hace tan esclavo de las cosas como de mi vieja naturaleza.

 

 LA LIBERTAD EN EL MINISTERIO DEL SEÑOR

Al tratar este tema, y todo otro que comprometa nuestra vida práctica, tenemos siempre un modelo que mirar e imitar: el Señor Jesucristo mismo. Él es el gran dechado en todo lo que comprometa nuestro andar aquí abajo (1Pedro 2:21 "Porque para esto fuisteis llamados; pues que también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que vosotros sigáis sus pisadas"). En el Siervo perfecto, podemos apreciar la plenitud de la obediencia conjugada con la libertad más amplia de la gracia de Dios. En Él, confluye tanto el andar del Siervo perfecto, obediente en todo, como la plenitud de la gracia que cur­sa la senda de esa libertad que está por sobre todo. Su andar en obe­diencia en nada opacó el curso de la libertad en ese poder de la gra­cia que lo colocó por sobre los hombres, por sobre las ordenanzas, por sobre las circunstancias, y especialmente por sobre todo el em­barazo de la religión de formas y ceremonias del judaísmo. En Jesu­cristo, la libertad de la gracia alcanzó su clímax más elevado así co­mo la más amplia y extensa expresión, y ello de la mano de la más perfecta obediencia al Padre. A nosotros nos cuesta entender cómo un Siervo obediente en todo, podía ser a la vez absolutamente li­bre, y tomar en este mundo la posición de esa libertad que camina­ba por sobre las ordenanzas, ceremonias y formas de la religión, y por sobre todo condicionamiento que quisiese establecer el hom­bre. Su ministerio estuvo siempre completamente desvinculado de toda esa piedad artificial que había encarcelado al hombre en el ju­daísmo. La ausencia de toda voluntad propia e independiente pro­dujo la incondicional obediencia, no a ordenanzas, sino a Dios mis­mo. Se trata de la obediencia al Dios que está por sobre las orde­nanzas. Cuando la ordenanza es puesta sobre el Dios que la da, o en­tre el individuo y Dios; o cuando el espíritu legal hace del precepto un dios u objeto que es más preciado que Dios mismo, o el manda­miento viene a ser una montaña inmensa que oculta de los ojos a Dios, entonces es que la esclavitud más grande y la cadena más pe­sada gobierna la conciencia y los afectos. Y es en esta dirección que queremos comenzar considerando el gran asunto de la libertad en el Señor, pues el Siervo perfecto tenía ante sí al Padre antes que cualquier otra cosa. Cuando el objeto del corazón es Dios mismo, entonces puedo marchar en la libertad que ese Dios me da, colo­cándome por sobre todo para agradarle siempre a Él. Y eso es lo que rompe toda cadena que coarta, limita, embaraza, y condiciona per­turbando la obediencia y la comunión con Dios.

 

Al observar el ministerio del Señor entre los judíos, hallare­mos que la característica que lo definió fue colocarse por sobre una ordenanza que ataba las conciencias y amordazaba sus almas de una forma tan extrema, que las insensibilizaba contra todo princi­pio de la gracia, de la misericordia y del amor de Dios; una ordenan­za que ponía la ordenanza misma antes que Dios y su misericordia para con los hombres: nos referimos a la ciega y tenebrosa obser­vancia legalista del sábado. La ley mosaica, su ceremonial, y de una manera muy especial, el sábado, fueron los elementos por los que el judaísmo levantó el más alto y grueso dique que ofreció la resis­tencia más intransigente hacia la verdadera piedad y expresión de la gracia de Dios en la persona de Jesucristo. Y no solo el dique que resistió la gracia divina, sino también la cárcel más profunda y ce­rrada que jamás permitió que entrase en ella el gozo de esa gracia. Y lo interesante de observar, es que el ministerio del Señor cursó por sobre aquella ordenanza que más ataba las conciencias y ponía los grillos más pesados a los pensamientos y los afectos de un judío (el sábado), especialmente cuando las circunstancias imponían la necesidad de expresar toda la piedad y potencia de la gracia divina. Desde un principio el Señor apareció como Señor del sábado, y no el sábado como señor de Él (Mateo 12:8; Marcos 2:28; Lucas 6:5). La posición de Cristo en el judaísmo, desde un comienzo, fue la de Aquel que goza­ba la libertad que lo ponía por sobre todas sus instituciones y cere­moniales. Y el sábado, el baluarte más inexpugnable y la cadena más gruesa y pesada del judaísmo, para nada fue la excepción. En fin, el ministerio de Jesucristo fue el de la libertad; el de esa liber­tad que por la soberana gracia divina cursó una senda que estaba por encima de los escrúpulos y prejuicios de las conciencias y cora­zones encadenados al ritual, y al laberinto interminable de las orde­nanzas y costumbres judaicas. La libertad de la gracia era un vino nuevo que no podía ser contenido en los viejos cueros de un judaís­mo de rígidos moldes, mandamientos y preceptos (Mateo 9:17; Marcos 2:22; Lucas 5:37). Así, el sábado siempre apareció como la mejor opor­tunidad para la expresión de la libertad de la gracia divina, y ello siempre en pos de bienes superiores a la ordenanza misma. Cuando un bien, ya fuese éste saciar el hambre de los discípulos, sanar a un manco, levantar a un paralítico o abrir los ojos a un ciego, se impo­nía como necesidad a la intervención del poder en gracia de Dios, la ordenanza era la encadenada a la vez que se daba toda libertad al bien que suministraba esa gracia (Mateo 12:1-8; 9-14; Juan 9:14,16; etc.).

 

Al considerar el ministerio del Señor, podemos apreciar varios aspectos que caracterizaron la verdadera naturaleza en que se des­plegaba esa libertad que Él mismo encarna e introduce, pues así co­mo podía colocarse por sobre la ordenanza, sin permitir que ella li­mitara o impidiera la obra de la gracia, a la vez, la misma ordenan­za no era negada o aborrecida, sino más bien superada bajo los nue­vos principios y carriles de la gracia. Así, el Señor, en el sermón del monte, pudo partir de antiguas ordenanzas morales de la ley pero abriendo sobre ellas toda una nueva dimensión, que, sin contrade­cirlas ni negarlas, las perfeccionaba en la obediencia de la libertad de la gracia. La ordenanza circunscribe, limita, y encierra la obe­diencia en un ámbito reducido, pero la gracia divina puede poner­nos en un terreno que excede la observancia puntual y legal, para introducir una obediencia mucho más perfecta y elevada en rela­ción a bienes más altos. El Señor cumple la ley sin ser un esclavo de la ley, pues perfecciona la obediencia en el espíritu de la gracia (Mateo 5:17-20). Así, tenemos entonces una piedad y una justicia práctica que superan la que es por las ordenanzas y la rígida atadura al y del mandamiento, demostrando que el camino de la libertad de la gra­cia no precisa de los carriles del rígido dogmatismo. Notemos que Él contrasta lo que antes fue dicho en la ley (Mateo 5:21,27,31,33,38), con lo que Él dice como Aquel que, en su autoridad y santidad divi­na, está en un terreno de libertad que supera a la ordenanza mis­ma. Es esa libertad de la gracia la que puede ir más allá del manda­miento anterior para superarlo, y obedecer excediendo su rígido molde y carril. No era la negación del mandamiento sino su supera­ción, su perfeccionamiento, y una nueva introducción de bienes su­periores. Tomemos un ejemplo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra…” (Mateo 5:38-39). La ley limitaba la ven­ganza al mismo mal infligido (Éxodo 21:24-25), pero para quien no tie­ne en su corazón el deseo de venganza, no necesita tal ordenanza que la limite. No necesita ponerse bajo ella ni negarla, pues está por sobre ella. Bajo la ley, si alguien me hiere una mejilla, yo tengo el derecho de herirle de la misma manera. La obediencia a la ley me hacía limitar la venganza, haciéndola proporcional al mal infli­gido. Pero en la libertad de la gracia, yo no tengo los reclamos de la venganza, y no necesito limitarla sino que puedo ponerme en un te­rreno donde tal ordenanza es completamente innecesaria. No tie­ne sentido limitar la venganza a un corazón que carece de vengan­za. ¿Para qué prohibir o limitar con reglas aquello en lo que no exis­te el ánimo ni la posibilidad de transgredir? En el Señor, el Siervo perfecto, la obediencia fue la libertad de la gracia que caminó por encima de los carriles de las ordenanzas, no simplemente cumpliéndola sino obrando en ese amor y gracia insospechados que su­peraban infinitamente la ordenanza misma. La obediencia de la gra­cia supera la obediencia de la ley, sin necesidad de entrar en con­flicto con ella a la vez que evita que la regla y el ceremonial ejerzan una tiranía y esclavitud sobre la conciencia. Esa es la verdadera li­bertad cristiana. La libertad me pone sobre la ordenanza sin ofen­derla. En tanto que la obediencia a la ley tiene ante sí el deber de cumplir la ordenanza, la gracia obra por el amor de Dios quitando de delante la ordenanza y poniendo un bien superior. La ley coloca ante mí la ordenanza y su rígida demanda; la libertad cristiana, al Señor mismo dando un bien de la gracia. El espíritu de la libertad cristiana es justamente ese; es decir, es el principio de la gracia que me coloca por sobre la ordenanza, no para violarla u ofenderla, sino para superarla en pos de un bien superior. En el sistema legal yo tengo ante mí la ordenanza misma y su obediencia; en la gracia, yo tengo ante mí al Señor mismo y un bien superior por el que obrar o dejar de hacerlo. En el sistema legal la ordenanza y su cumpli­miento son el objeto; en la gracia, Cristo mismo y su amor ocupan su lugar.

 

Vamos a otro ejemplo muy interesante en el ministerio del Se­ñor, conforme nos lo presentan los pasajes de Mateo 12:1-8; Marcos 2:23­28; Lucas 6:1-5. Al pasar el Señor Jesús por los sembrados en un día de reposo, los discípulos tuvieron hambre y arrancaron espigas para co­merlas. Los fariseos cuestionan tal proceder: “He aquí tus discípu­los hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo” (Mateo 12:2). El Señor entonces muestra cómo aun hubo la excepcionalidad que la libertad de la gracia otorga en ciertas circunstancias, como por ejemplo cuando David toma los panes de la proposición, los cuales solo podían comer los sacerdotes, cuando no había otra cosa qué co­mer y él huía de su perseguidor. La obediencia en gracia busca el bien superior aunque ello signifique dejar a un lado la ordenanza. La premura que imponían las circunstancias, puso el bien superior (la vida de David y de los que con él iban) por sobre el rígido cumpli­miento del precepto. Sería una entera necedad y contradicción que el cumplimiento frío y legalista del precepto, produjese un daño a los hombres o una ofensa contra los intereses de Dios. Si el someti­miento a la ordenanza ofende a Dios, yo soy libre de dejarla a un la­do. Además, el Señor muestra cómo los mismos sacerdotes al cum­plir los rituales del templo en día sábado, se ven obligados a reali­zar tareas que lo profanan, sin que ello genere culpa. El principio “misericordia quiero, y no sacrificio” (Oseas 6:6), es el que estable­ce el canal por el cual la libertad de la gracia obra, colocando las de­mandas de la necesidad imperiosa que imponen las circunstancias, por encima de la adhesión legalista y fría al mandamiento. La liber­tad de la gracia permite discernir el bien superior, para obrar en pos de él; y a la vez, me desprende del formalismo que lo pierde de vis­ta. El legalismo se autosatisface en la ordenanza misma y su cum­plimiento; la gracia, en generar un bien a favor de otro y en honrar a Dios.

 

La ordenanza pone un límite al desenfreno de la carne y a to­das las perversas e inicuas tendencias del hombre adámico, pero cuando su observancia significaría negar la gracia que obra por un bien superior que honra a Dios, el paso debe ser dado por sobre ella. La misma ordenanza pierde su sentido si ella en vez de poner freno a un mal, su observancia genera un mal peor al que pretende contener o evitar. Dicho de otra forma, la ordenanza pierde todo vi­gor cuando en vez de denunciar y establecer un límite a las tenden­cias y bajos apetitos del hombre natural, cierra el camino a la gra­cia que obra en pos de un bien superior que Dios mismo demanda.

 

Hay un caso especial en el ministerio del Señor, donde Él no obra en esa libertad que pone la ordenanza a un lado, sino en una que marcha a través de ella. Entonces, Él adhiere a la regla salva­guardando su dignidad y su posición, a la vez que instruye a un Pe­dro que ha hablado en su apresuramiento irreflexivo, y a la vez que guarda del escándalo a conciencias simples pero sinceras. Leamos Mateo 17:24-27: “Vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Él dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el an­zuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti” (Mateo 17:24­-27). Es precioso considerar en este pasaje, cómo el Señor, caminan­do en la libertad de la gracia, puede unirse al apresurado e irrefle­xivo Pedro en el pago del tributo para el mantenimiento del tem­plo, que como Hijo de Dios no debía pagar pero reivindicando su po­sición de tal se declara exento y guarda sin ofensa conciencias sin­ceras. Pedro es instruido sobre el asunto, al mismo tiempo que es guardada sin ofensa la conciencia de los recaudadores. La libertad de la gracia permite en ocasiones condescender a un motivo que, no alterando los derechos divinos, quita una piedra de escándalo pa­ra los corazones ignorantes pero sinceros. Mas éste proceder del Se­ñor no se ve jamás delante de los fariseos, pues nunca hace conce­siones donde hay el orgullo de una posición religiosa hipócrita e ini­cua.

 

En definitiva, apreciamos en el Señor esa libertad que Él mis­mo introdujo en el poder de la gracia, que lo colocaba por sobre to­das las cosas, circunstancias y ordenanzas, para marchar expresan­do lo que la voluntad de Dios definía para cada caso y momento. La libertad cristiana en la sujeción al Espíritu, me conduce a obrar en pos de un bien superior pero jamás a condescender en algo que pu­diese menguar, manchar o vulnerar los derechos e intereses divi­nos. Es importante comprender esto, pues la libertad cristiana no debe ser tomada como licencia ni oportunidad para el capricho hu­mano; sí es la liberación de toda atadura, prejuicio, costumbre, tra­dición o criterio del hombre natural, pero para obrar y expresar la voluntad de Dios operando en la soberanía de su gracia. Y esto tiene especial importancia para nosotros pues, en nuestra imperfección y flaqueza, podemos echar mano a una libertad mal entendida para agradarnos a nosotros mismos, complacer la propia voluntad, o complacer a otros.

 

 LA LIBERTAD CRISTIANA EN LAS EPÍSTOLAS DE PABLO

Consideremos ahora el asunto a través de las enseñanzas que hallamos en las epístolas paulinas. Y para ello, comencemos con 1Corintios 6:12 y 1Corintios 10:23-24: “Todas las cosas me son lícitas, mas no to­das convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me deja­ré dominar de ninguna”. “Todo me es lícito, p ero no todo con­viene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro”. Estos pasajes confirman una vez más, que la posición propia de un cristiano en este mundo, frente a todas las cosas, es la de la libertad. Dicho de otra manera, la posi­ción propia de un cristiano aquí abajo, reproduce ese lugar al que la gracia de Cristo nos ha introducido conforme a Su libertad. Cuando el objeto es Cristo y no las cosas, yo gozo de la misma libertad de Cristo sobre ellas. Se trata de esa libertad que está por sobre las co­sas y por sobre las ordenanzas que pretenden conectarme con ellas; y ello, como consecuencia de la inteligencia espiritual que el mismo Señor nos da acerca de las cosas y de las ordenanzas que vie­nen a reglarlas. Yo no miro a la cosa en sí sino al objeto de la fe: Jesu­cristo; y entonces, todo vínculo con la cosa no es regido por la rígi­da y fría ordenanza sino a través de los ojos del Señor. Cuando com­paramos estos principios que reglan todas las cosas con el andar del Señor aquí abajo, bien podemos observar que la libertad de Cristo es ahora la nuestra en este mundo. Mundo, que pretende enredarnos en sus rígidos esquemas y atar nuestro corazón a las cosas e inte­reses de aquí abajo, pero de los cuales el Señor me desvincula po­niéndose en medio en el espíritu de la libertad.

 

La libertad cristiana me pone por sobre las cosas no viendo el mal en ellas mismas, sino en el efecto que puedan producir o pro­ducen efectivamente en mí. Por eso, el ejercicio de la libertad tie­ne, antes que todo, por escenario mi conciencia y mi discernimien­to, mi conocimiento y mis afectos frente a las cosas de aquí abajo; pero también, yo he de valuar las circunstancias que comprometen las cosas y las ordenanzas que pudieran establecerse en cuanto a ellas. En este sentido, nótese que el ejercicio sabio de la libertad cristiana tiene que ver principalmente con el efecto que las cosas producen en mi ser moral, pues no todo me conviene, no todo edifi­ca, y hay cosas que podrían ejercer un dominio tiránico sobre mí. Se­ría necio que yo ejerciese la libertad de modo que las cosas me es­clavicen. Es una entera contradicción que el uso de mi libertad me ate a algo que me haga su esclavo. Por eso, es interesante advertir que el ejercicio de la libertad requiere de madurez espiritual y de una conciencia perfeccionada por la gracia y el conocimiento de la verdad, y por el conocimiento de mí mismo y de las flaquezas de mi vieja naturaleza, de modo que yo pueda marchar de una forma que nada venga a ser para mí una cadena o una cárcel, pues la posición propia del cristiano es la de la libertad que me pone sobre todo, pa­ra ver el asunto y la cosa como el mismo Cristo la ve. En el cristia­nismo, el mal no se lo considera tanto en la cosa misma sino en su efecto en mí. Las cosas son en verdad medios, son instrumentos; no fines. La libertad cristiana es la libertad de Cristo sobre mi concien­cia en conexión con la influencia que las cosas puedan ejercer so­bre mí; pero nunca es la libertad de mi carne o la ocasión para la vie­ja naturaleza. Si la libertad es ejercida para que la naturaleza adá­mica sea complacida, la cosa aprobada está ejerciendo dominio y esclavitud sobre mí.

 

Desde la posición que es propia del cristiano, nada me está prohibido, todo me es lícito. Esto contrasta con los principios de la ley mosaica y de la religión, los cuales se esmeran en establecer or­denanzas, normas y reglas de hierro acerca de lo malo y lo bueno, de lo que hay que hacer y no hacer. Y una conciencia bajo tales re­glas, está sometida a la tiranía esclavizante de estas mismas reglas, por buenas que sean. La libertad cristiana no rompe una regla que es buena en sí y que pone freno a los impulsos del viejo hombre adá­mico, pero sí me pone sobre la cosa y los preceptos que la reglan, y sin prohibir nada, me hace andar en la libertad de esa gracia que produce obediencia a Dios sin necesidad de tener ante mí la prohi­bición angustiante. Esta visión y conocimiento maduro del asunto, no ve el mal en la cosa misma sino en el corazón caído del hombre, que la puede utilizar para satisfacer su codicia o plegar su voluntad al pecado. Insistamos que la posición y la visión cristiana no ve el mal en las cosas exteriores sino en mí mismo, en mi propia natura­leza caída, y esto supone un ejercicio en mi corazón que me hace marchar en el camino del continuo juicio propio. Por eso, la liber­tad cristiana no solo exige el conocimiento de las cosas como Dios la ve, sino también el conocimiento de mí mismo y de mi perversa car­nalidad, que necesita ser inactivada por el ejercicio del juicio pro­pio. Así, yo no veo el mal en la cosa sino en su efecto en relación a mí, pues por lícito que todo sea no todo me conviene, y hay algunas cosas que pudieran dominarme llevándome a un terreno de esclavi­tud. Yo podría presumir de un ejercicio de libertad que me esclavi­za a la cosa. Entonces, es por eso que la libertad cristiana no supo­ne la prohibición de la cosa misma por medio de una ordenanza, si­no que el Espíritu, la Palabra y mi discernimiento espiritual, ponen la prohibición en mí mismo, en mi interior, pues yo puedo advertir y discernir que hay cosas que no convienen, o que ejercerían sobre mí un dominio y tiranía. Yo podría en el error de mi vieja naturaleza engañosa, invocar la libertad cristiana para tomar la cosa que me esclaviza: ¡una verdadera contradicción! Si el asunto no edifica si­no que mueve mi vieja naturaleza, yo juzgo la cuestión como no conveniente y me abstengo o aparto de eso que me ata. La libertad cristiana exige un ejercicio inteligente y responsable, un continuo trabajo de conciencia y el conocimiento de los tortuosos y engaño­sos caminos de mi vieja naturaleza con todas sus racionalizaciones y autojustificaciones.

 

 Al decir todo esto, inmediatamente alguien cuestionará que lo que estamos afirmando es una visión muy peligrosa, pues deja en la sola subjetividad del individuo el bien y el mal, lo conveniente o no, etc. Pero no es así, pues la subjetividad no tiene que hacer otra cosa que reproducir en el ejercicio interior la autoridad de la Pala­bra de Dios y la guía del Espíritu Santo dando el discernimiento so­bre el carácter de la cosa según Dios la ve, y ponderando su efecto en mí mismo. Y este ejercicio interior en la conciencia no puede ser reemplazado por nada, pues lo único que lo sustituiría sería la regla exterior que encasilla la cosa como mala o buena, conveniente o no, etc.; y ello significaría volver al sistema legal de los preceptos y ordenanzas. Si mi trabajo subjetivo debe ser reemplazado, debe­ríamos entonces recurrir a la ordenanza y poner la norma por sobre el ejercicio de la conciencia personal, por sobre la misma Palabra de Dios gobernando la conciencia, y quitar la guía del Espíritu. La li­bertad cristiana tiene dos ámbitos, uno es el conocimiento que vie­ne del exterior a mi ser subjetivo, y que es dado por la Palabra de Dios; y otro, que es el ejercicio de mi conciencia en cuanto a tal co­nocimiento. No podemos de ninguna manera prescindir de la madu­rez que me da el conocimiento de mí mismo conforme a la luz de la Palabra, pues solo así puedo poner bajo muerte los engaños y racio­nalizaciones autojustificatorios de la vieja naturaleza adámica. Nunca debemos pensar que la libertad cristiana deja todas las co­sas en mi puro criterio personal; por el contrario, las deja en mi res­ponsabilidad de discernirlas por la autoridad de la Palabra de Dios y la guía del Espíritu. Si una cosa me domina y ejerce sobre mí una in­fluencia perniciosa, eso no es la libertad cristiana sino la esclavitud a la cosa, y en ello está mi responsabilidad delante de Dios. Y en el terreno de la responsabilidad, yo estoy sujeto a la disciplina y el go­bierno de Dios. En cuanto algo me arrastra poderosamente y com­pra mi voluntad y hasta la corrompe, yo me salgo de la libertad cris­tiana. La libertad es la de la obediencia que me permite caminar ya tomando ya desechando la cosa, sin que ella ofenda los derechos di­vinos, me produzca daño, ejerza sobre mí una influencia dominan­te, o mueva mi carne. Es decir, me libera de la cosa y la coloca en su debido lugar, de manera que ella no afecte mi comunión con el Se­ñor ni ejerza sobre mí positiva esclavitud. Entonces, yo valúo todo en ese ejercicio interior que coloca todo en su lugar, de modo que tal preciosa libertad no sea ofendida. La libertad cristiana no es el ejercicio de la propia voluntad, es la liberación de la cosa, es la libe­ración de la poderosa influencia de las ordenanzas religiosas y hu­manas que la reglan, y es la liberación de mi propia y engañosa vo­luntad, de modo que pueda caminar libre de todo lo que pueda da­ñar mi comunión y los intereses divinos, poniéndome sobre la cosa misma. Y si bien hasta aquí hemos centrado el escenario en mi pro­pio ser moral y conciencia, debemos observar que la libertad cris­tiana también posee una dimensión que excede a mi propia con­ciencia, para tener presente la del otro. Es lo que queremos consi­derar a continuación.

 

Hay otro principio práctico que define y dirige el ejercicio de la libertad cristiana, y que trasciende mi propio conocimiento y mi propia conciencia. Es cierto que en un primer momento la libertad cristiana tiene que ver con el conocimiento que en mí mismo hay de las cosas según Dios las ve, y con el conocimiento y juicio propio acerca de mí mismo y mis flaquezas, pero además es necesario ob­servar que el asunto me trasciende pues pudiera afectar a otros. Y esto, porque el estado de conocimiento, discernimiento y madurez de uno, no siempre ni necesariamente es el de otro. El juicio apro­batorio o desaprobatorio de mi conciencia bien podría escandalizar a otros. Esto es lo que vimos en el asunto del pago del impuesto del templo, cuando el Señor dijo a Pedro:“Sin embargo, para no ofen­derles…”. Como el ejercicio de la libertad de uno podría ofender la conciencia sincera de otros, entonces es necesario tomar ciertos re­caudos cuando la ejercemos. En este sentido, volvamos a 1Corintios 10:23-24: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro”. Notemos que la sola licitud de un asunto o cuestión cualquiera, no define el ejercicio de la libertad cristiana según mi solo criterio, pues ella ha de ser ejercida de acuerdo a las conse­cuencias y efectos que la materia comprometida pueda producir en el prójimo. El ejercicio de la libertad cristiana no es la propia com­placencia a costa de ofender a otros. Y es importante advertir que ese “otro”, no solo incluye a los creyentes sino también a los incré­dulos. Y esto se ve con claridad en lo que sigue en el pasaje que he­mos citado (1Corintios 10:25-33). Un incrédulo podía saber que el creyen­te no come nada como tomando parte de un sacrificio de ídolos. Si alguien, en los escrúpulos de su conciencia, anunciaba que lo que se va a comer provenía de un sacrificio a los ídolos, la conciencia del que lo dijo debía ser respectada por más que el creyente se sin­tiese libre para participar del alimento. Y a la vez, el creyente de­bía guardarse de preguntar sobre el origen de la vianda, para no ge­nerar un conflicto en la conciencia del que debía responder al re­querimiento. Observemos: “Si algún incrédulo os invita, y que­réis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia… La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro? Y si yo con agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a to­dos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1Corintios 10:27-33). El creyente posee la más amplia libertad de participar de cualquier alimento agradeciendo como ve­nido de Dios mismo; y esto, por el conocimiento que Dios y su Pala­bra le dan en el asunto (1Timoteo 4:3-5). Pero si una conciencia escrupu­losa y no liberada, lo ve como venido y asociado a los ídolos, ella de­be ser respetada. De otra manera, yo daría lugar a que mi libertad fuese juzgada y ofendida. Mi libertad cristiana para nada es ofendi­da cuando yo respeto una conciencia escrupulosa, que no tiene ma­durez en el conocimiento de la verdad de Dios. En un caso opuesto, es cierto que el Señor justificó a los discípulos cuando, en el uso de la libertad, comieron sin lavarse las manos, no sometiéndose a los escrúpulos religiosos del ritual judaico. La aparente contradicción entre estos dos casos hace justamente a la esencia de la libertad cristiana, pues ella siempre supone un ejercicio inteligente que en cada circunstancia mira a Cristo y el efecto en otros. En el caso que Pablo considera, evidentemente se procura no poner ofensa a na­die con el propósito de ganarles para Cristo (“yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de mu­chos, para que sean salvos”); pero en el caso de los discípulos que arrancaban y comían espigas, las circunstancias demandaban el ejercicio de un bien superior (saciar el hambre de los que seguían y servían al Señor) a la vez que se imponía la necesidad de redargüir el legalismo hipócrita de los fariseos. Durante su ministerio, el Se­ñor muchas veces ejerció la libertad ofendiendo a los fariseos con el fin de poner en evidencia la moral hipócrita y de apariencias de los religiosos de su tiempo. Y todo esto nos hace pensar, que justa­mente la libertad cristiana no está sujeta a reglas ni a caprichos per­sonales, pues de otra manera no sería libertad. Ella demanda un ejercicio inteligente que depende de las circunstancias, de las per­sonas comprometidas, del discernimiento espiritual, y del estado de madurez espiritual del individuo que la ejerce. En distintas cir­cunstancias y ante personas de distinta condición, podría ser ejer­cida de muy diversas maneras.

 

Lo que hallamos en la Epístola a los Romanos capítulo 14 a ca­pítulo 15:3, nos es sumamente instructivo en el mismo curso que ahora han tomado nuestras consideraciones sobre el tema. Aquí también podemos apreciar cómo el ejercicio práctico de la libertad cristiana, no se dirime ni reduce a mi propia interioridad sino que ha de tener presente la conciencia del otro. Pero no se trata ahora de un asunto ante inconversos, sino de la relación con hermanos que son débiles en la fe. “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones” (Romanos 14:1). El pasaje que ahora nos ocupa, muestra con claridad que el goce y el ejercicio de la libertad cristiana tiene que ver con el crecimiento espiritual, con el conoci­miento de la verdad revelada, y con la madurez que da el sentir de la gracia. Y estas cosas no están igualmente desarrolladas en todos los hermanos; y entonces, mi libertad y conocimiento nunca debe­rían ser motivo para juzgar el estado de otro ni para ofender su con­ciencia. Notemos: “¿Tú quien eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, por­que poderoso es el Señor para hacerle estar firme. Uno hace dife­rencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace ca­so del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, pa­ra el Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios”. “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano. Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es in­mundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es. Pero si por causa de la comida tu hermano es con­tristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comi­da tuya se pierda aquel por quien Cristo murió. No sea, pues, vi­tuperado vuestro bien…” (ver Romanos cap. 14). Mi libertad no es la de otro, y como yo pudiera ejercerla ofendiendo a otros, debo cuidarme que ella no afecte la conciencia de los hermanos. Es necesario observar que la libertad cristiana es un bien que gozamos de acuer­do a nuestra madurez espiritual; y si bien nuestro propio estado mo­ral tiene que ver directamente con ella, mi ejercicio siempre debe considerar al otro y su estado. “Sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (Romanos 14:19). La madurez de la fe libera mi conciencia y yo podré caminar en una libertad que podría hacer da­ño a otros, por eso debería cuidarme del uso de mi libertad de acuerdo al ojo que la mira. Yo podría acarrearme la desaprobación del Señor mismo, si en el uso de mi libertad puedo dañar a otros. La edificación debe primar sobre el ejercicio de mi libertad: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débi­les, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación” (Romanos 15:1-2). Tampoco se trata de un condescender sin límite ni dar san­ción a los caprichos de otros; nótese que leemos que ello ha de ser “en lo que es bueno, para edificación”. El camino de la edifica­ción en amor hacia los hermanos, puede restringir el uso público de mi libertad cristiana pero para nada deben ser afectados los dere­chos y la verdad de Dios. “Lo que es bueno” también podría conducirme a no obrar satisfaciendo la carne legalista de otro. Pero si en mi vida práctica tengo que limitar mi libertad para no ofender, yo si­go estando por sobre todo y todo está a mi favor. Toda apariencia de hombres, toda sabiduría de este siglo, todo evento grandioso, para nada limitan mi libertad. La posición cristiana me coloca por enci­ma de todo. Somos libres de todo para hacer uso de todo para edifi­cación y expresar la gracia de Dios en cada circunstancia. “Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: sea Pa­blo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muer­te, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1Corintios 3:21-23).

 

Es verdaderamente maravilloso considerar cómo la libertad cristiana puede ponernos sobre todo, librándonos de cualquier so­metimiento carnal y atadura a los criterios del hombre natural, e in­cluso puede conducirme a adherir a una forma o principio sin que ella ejerza una tiranía sobre la conciencia; pero siempre debemos tener presente los principios que reglan la libertad cristiana: ella ha de ser alentada por la gracia de Dios y sus divinos propósitos, y no condescender con lo que importaría la participación o asocia­ción con el mal, o con algo que mine los intereses divinos, o que complazca al hombre adámico.

 

Pablo dice: “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los ju­díos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, pa­ra ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, co­mo si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él” (1Corintios 9:19-23). Es verdaderamente precioso advertir cómo la libertad cristiana puede ponernos sobre todo, así como hacernos tomar un lugar de simpatía y armonía con todo, en pos de propósitos muy sublimes como es el caso de ganar almas para Cristo. El espíritu del evangelio es el de la libertad, y por él yo puedo tomar una actitud de simpatía y armonía en la situación y condición en que se halla ca­da hombre. Y ello, para de alguna manera atraerlo a los pies del Se­ñor. Esto jamás supone condescender con el pecado o asociarse a al­guna forma de mal, sino que es la simpatía de la gracia con la que yo puedo llegar al otro conforme sea su condición, y todo para venir hasta él con el evangelio. Pablo dice: “siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos”. Es importante advertir que este hacerse siervo no es la esclavitud servil que condesciende al mal, sino que es la actitud del servicio de amor que, por el evangelio y amor a las almas, me coloca en la posición de un siervo; y ello para que con toda amabilidad y sin ofender la conciencia del otro, le lleve a Cris­to. Así, la libertad puede conducirme a un terreno de sujeción sin que ella sea la esclavitud al pecado, sino que el evangelio nos hace tomar un lugar de servicio ante los hombres, para que desde la sim­patía de la condición en que cada uno de ellos se halla, pueda ganarles para Cristo. El apóstol está parado en la posición de la liber­tad (9:1,19), y su ministerio es el de la libertad que puede prescin­dir de toda la estructura ritual y religiosa del judaísmo como del pa­ganismo, para expresar la gracia soberana de Dios llamando tanto a los judíos como a los gentiles; pero todo encausado y dirigido por un noble y sublime propósito: salvar almas. “Esto hago por causa del evangelio”. No se trata de la negligencia irreflexiva que me lleva a una mala asociación o a la asociación con el mal, sino a una actitud inteligente de servicio con un propósito sublime dirigido por el Espí­ritu Santo. Entonces la libertad cristiana me conduce a asumir la forma de un siervo para prestar un magno servicio: desplegar con to­da eficacia la labor del evangelio (1Corintios 9:24-27). Insistimos, que la posición cristiana es la de la libertad, pero siempre ella está regla­da por principios que la regulan: yo puedo utilizarla condescen­diendo a otros por un propósito especial y noble que es de parte del Señor, como el caso de llegar con el evangelio a todos; pero a la vez, ella nunca es la libertad para justificar el mal o asociarme con él. Así, Pablo podía hacerse judío a los judíos “para ganar a los judíos”, y como estando sin ley “para ganar a los que están sin ley”, etc.; pe­ro no por eso tomaba parte con el pecado de justicia propia del ju­dío ni con la idolatría del pagano. Un fariseo, jamás tomaría el lu­gar de un siervo ni dejaría su posición de superioridad para ganar a otros. El orgullo de posición propio de la religión es la esclavitud que encierra en un terreno ritualista y de justicia propia, que impi­de ser un siervo para el bien de otros. Pero insistimos, que esta posi­ción cristiana que se toma como siervo, no es cosa ciega ni compla­cencia gratuita al hombre, pues siempre hay la directriz de un pro­pósito definido. Y es justamente por eso, que el ejercicio de la li­bertad cristiana exige de madurez espiritual. Así, Pablo podía hacerse judío a los judíos para ganarlos a Cristo, pero no para judaizar él mismo o consentir que los gentiles judaícen. Podía hacerse como uno que estaba sin ley, para ganar a los gentiles, pero no por eso postrarse a adorar un ídolo. Nuestro viejo hombre tiende a entender mal la libertad cristiana, como si ella supusiese licencia para mi car­ne o aprobación para la del otro. Este “hacerse” de Pablo es obrar en la simpatía y compresión del estado en que se halla un alma, su­pone una actitud de servicio a su favor, pero no para que prosiga en su mal o yo participe de él, sino para que venga a Cristo. Miremos el ministerio del mismo Señor, y observemos cómo el Siervo perfecto venía al pecador para encontrarlo en su más desastrosa condición, para luego sacarlo de allí y poner por su destino la eternidad; y todo ello, sin jamás mezclarse con el fango pecaminoso de esta raza caí­da y este mundo putrefacto. Hemos advertido que muchos, en un uso mal entendido de la libertad cristiana, han apoyado positiva­mente lo que es de la carne y lo que va contra Dios y su verdad; y es­to, lo decimos con entera convicción, no es la libertad cristiana; o al menos, no es el uso de tal libertad según la guía del Espíritu. Al ha­cer uso de la libertad cristiana siempre deberíamos preguntarnos: ¿Cuál es el fin propuesto que se espera alcanzar? ¿Estoy buscando la satisfacción de mi vieja naturaleza o la de otro? ¿En verdad edifica? La libertad cristiana siempre demanda el ejercicio de la conciencia y la inteligencia espiritual, a la vez que debe introducirse el juicio sobre mi naturaleza adámica, pues este bien no es la licencia para mi propia voluntad.

 

Pasemos ahora a Gálatas 4:8-11; 5:1,2,13: “Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débi­les y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavi­zar? Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros. Os ruego, hermanos, que os hagáis como yo, porque yo también me hice co­mo vosotros...” (Gálatas 4:8-12). “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo” (Gálatas 5:1-2). “Porque vosotros, her­manos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la li­bertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).

 

Es interesante observar aquí cómo se confirma nuevamente por estos textos, que la posición cristiana es la de la libertad, y que justamente la libertad de Cristo rompe todo yugo respecto a las or­denanzas y ritos de la religión. La conciencia es libre de la obser­vancia de ritos, de guardar días y festividades, de someterse a cere­monias. Una conciencia dominada por estas cosas queda sometida a una profunda esclavitud, y la falta u omisión acerca de ellas, crea un profundo sentimiento de transgresión, de profanación, de cul­pa. En tales circunstancias la conciencia está atada y vivencia un yu­go de deber, una pesada cadena que debe arrastrar continuamen­te. El individuo se ve envuelto en un laberinto de preceptos y cere­monias que lo inmovilizan, que lo apresan, que vienen a ser su pro­pia cárcel. Y lo notorio es que esto ocurre tanto en el paganismo co­mo en el judaísmo. Notemos que los gálatas habían salido del paga­nismo al recibir a Cristo y asumir su nueva posición en la gracia; pe­ro al tomar las ordenanzas y guardar las ceremonias judías, ello sig­nificaba regresar “de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar” (Gálatas 4:9). Ellos habían sali­do de ordenanzas religiosas del paganismo para luego regresar a ellas en su forma judaica; así, se negaba la libertad propia de la po­sición cristiana. Es cierto que el paganismo no es lo mismo que el ju­daísmo, pero en cuanto al principio moral que supone sujetarse a or­denanzas, preceptos y ceremonias como una carga religiosa que pe­sa sobre la conciencia y el corazón, es exactamente igual. Ya sea en el paganismo o en el judaísmo, la adhesión a una religión de orde­nanzas y ceremonias no es otra cosa que la esclavitud; y salir de cualquiera de esos sistemas para profesar cristianismo, y luego ir hacia el otro, necesariamente importa regresar a la esclavitud de las ordenanzas negando la libertad de la gracia de Cristo.

 

En lo que respecta a libertad, ninguno de los dos sistemas reli­giosos, ya sea judaísmo ya sea paganismo, es mejor que el otro. Si un pagano que estaba bajo el yugo de su religión que lo ataba a la pesada cadena de ordenanzas y supersticiones idólatras, luego de ser librado del mismo por entrar en la gracia del cristianismo, se vol­vía al ceremonial y a las ordenanzas del judaísmo, tal cosa era “vol­ver a la esclavitud”. Entonces era tan esclavo en las ordenanzas del paganismo como en las ordenanzas del judaísmo. Un hombre bajo el yugo de ceremonias, observancias y ordenanzas religiosas no era más libre en el judaísmo que en el paganismo. Pablo les había dado un ejemplo de lo que era la posición cristiana, libre del embarazo de una cosa y de la otra. Cristo es la libertad. No solo la libertad del pecado, de la muerte y del mundo, es la libertad que rompe la cade­na que une la conciencia y el ser moral al pesado yugo de deber que impone una religión de formas, una religión de la carne con todas sus meticulosas observancias, ritos, ceremonias, ordenanzas, abs­tinencias y cosas que guardar. Entonces, los gálatas son exhortados a permanecer en esa preciosa libertad cristiana, a permanecer en esa posición de libertad con que Cristo nos libró del yugo de esclavi­tud que significaba estar bajo un sistema de religión de preceptos.

 

Un gálata había dejado atrás la esclavitud de lo que significaba el paganismo, pero al circuncidarse asumía una nueva: la del judaís­mo. La circuncisión es la puerta de entrada a ese judaísmo que echa sobre mí mil cadenas y grillos que me atan al ritual y ceremo­nial mosaico. Cosa que evidentemente era tanto una necedad co­mo una inicua negación de la gracia de Cristo. “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”. La nueva posición cristiana asumi­da y recibida por la soberana gracia de Jesucristo, ha de ser tan va­lorada como sostenida en el trabajo de la conciencia y los afectos. Cristo nos hizo libres del yugo de la esclavitud de la religión, y yo de­bo permanecer allí donde la gracia de Cristo me colocó. Si salgo de ese terreno, vengo a ser un esclavo de las ordenanzas. Mi ser moral pierde toda libertad, pues experimenta el precepto con una autori­dad subyugadora que sumerge la conciencia en una cárcel profun­da. El cristiano es entonces llamado a permanecer aferrado a ese te­rreno de libertad al que ha sido introducido, pues de otra manera no solo es perder esa libertad sino perder a Cristo mismo; es caer de la gracia (Gálatas 5:4). El llamamiento de Cristo nos coloca en el terreno de la libertad, y somos llamados a permanecer en él, pues si salgo de él, no solo que vengo a ser esclavo de un sistema de ordenanzas religiosas sino que caigo de la gracia y me desligo de Cristo. Es de­cir, asumo una posición extraña donde Cristo es sustituido por la or­denanza y el ritual de la religión.

 

Todo esto es completamente cierto en su lugar, pero siempre que debemos hablar de la libertad cristiana, también hemos de te­ner presente las advertencias de los peligros a que, como hombres, estamos sujetos. El apóstol nos presenta en esta materia, el peligro de que la libertad cristiana venga a ser tomada como ocasión para la carne: “solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne…” (Gálatas 5:13). Tan perversa como astuta es nuestra vieja na­turaleza, que ella siempre procura hacernos salir de la posición co­rrecta de la libertad, ya para hacernos volver a las ordenanzas ya para tomar la libertad como ocasión de libertinaje. Lo verdadera­mente difícil es permanecer en ese lugar de libertad a la que hemos sido llamados e introducidos, pues así como unos pudiésemos vernos tentados a regresar a un sistema de ordenanzas, otros pudiéra­mos tomar ocasión de la libertad para holgar los pérfidos propósitos de nuestra vieja naturaleza. Es tan perverso nuestro viejo hombre en Adán, que ha hecho del mismo cristianismo un sistema de reli­gión de ordenanzas, en unos casos, así como la ocasión de una mun­danidad y libertinajes desenfrenados, en otros. Hoy se ve en la cris­tiandad una y otra cosa. Hallaremos en ella sistemas que generan cristianos legalistas al extremo, como cristianos mundanos al ex­tremo. Todo esto nos enseña cuán difícil es para el hombre perma­necer en la libertad de Cristo sin que ello sea motivo para condes­cender con la esclavitud legalista ni ocasión de licencia carnal.

 

 LIBERTAD Y FALSA POSICIÓN

Por todo lo que venimos considerando, podemos advertir cuán expuestos estamos, en nuestra propia flaqueza, a echar mano a la li­bertad cristiana tras propósitos que pudiesen parecer muy lícitos, pero enturbiados por nuestros afectos naturales y opacados por los camuflados intereses del yo. Tan engañosos son nuestros pensa­mientos y afectos, que a menudo nosotros mismos podemos com­probar cómo la libertad cristiana nos da ocasión de tomar posicio­nes falsas, admitir lo que es inadmisible, o poner completamente a un lado a lo que deberíamos condescender en toda gracia. Quere­mos dar un ejemplo según las propias Escrituras; y al hacerlo, de­seamos aclarar que nos interesa sobre todo descubrir nuestra pro­pia flaqueza en lo que respecta al uso de la libertad cristiana, y que de ninguna manera pretendemos disminuir en nada la solemne ima­gen del gran hombre de Dios comprometido en el caso. Queremos considerar el caso del apóstol Pablo que por condescender con los judíos que habían creído, asume una posición extraña a su ministe­rio y la verdad que proclamaba, sometiéndose a los ritos y ceremo­nias judías en el templo de Jerusalén (Hechos 21). Pero antes de medi­tar en este asunto, insistimos que para nada queremos juzgar la con­ciencia de un apóstol ni el uso de su libertad en Cristo; por el con­trario, lo que nos proponemos es vernos a nosotros mismos para con­siderar nuestra propia flaqueza, por la que pudiésemos hacer un uso defectuoso de la libertad cristiana, y en consecuencia venir a una posición falsa desde la que apruebo lo que Dios no aprueba. Y el ejemplo de Pablo nos es sumamente instructivo en este sentido, pues si el gran apóstol, en el ejercicio de su libertad, pudo dar un paso a una posición falsa, cuánto más cada uno de nosotros. De mo­do que el ejemplo que damos, lejos de justificarnos nos juzga a la vez que nos enseña cuán débiles pidiésemos ser a la hora de com­prometer nuestra libertad en Cristo.

 

“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y conti­nuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis pa­rientes según la carne; que son israelitas…” (Romanos 9:1-4). Quizás no tengamos ningún pasaje tan claro como éste, que exprese cuán grande era el amor del apóstol por los judíos, sus hermanos de na­ción. Si para él Cristo era todo, las expresiones que utiliza aquí pue­den demostrarnos hasta qué extremo él amaba a los judíos. El esta­do de incredulidad de la nación le era un verdadero peso en su cora­zón. Creemos que tanto Pablo como cada uno de nosotros vemos comprometidos en nuestros afectos, objetos que en verdad pudie­sen venir a ser un serio obstáculo en el camino de la fe, y por sobre todo a la hora de cumplir nuestro ministerio y hacer uso de nuestra libertad cristiana.

 

Es interesante observar que el campo propio del apostolado de Pablo eran los gentiles y no los judíos; y si bien los judíos de la dis­persión sí se encontraban en el terreno de su labor, no era así con los judíos de Judá y especialmente los de Jerusalén. Hay varios pa­sajes que nos muestran con claridad la esfera propia de su ministe­rio. En este sentido tiene especial significación lo que hallamos en Hechos 22:17-21, cuando el apóstol oraba en el templo. Entonces, el Señor le dijo: “Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; por­que no recibirán tu testimonio acerca de mí… Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles” (Hechos 22:18,21). “El que actuó en Pe­dro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí pa­ra con los gentiles… nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en se­ñal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los genti­les, y ellos a la circuncisión” (ver Gálatas 2:7-9). Veremos entonces, có­mo su amor a los judíos le lleva a asumir una posición falsa en Jeru­salén cuando tenía ante sí un inmenso campo de labor entre los gen­tiles.

 

No nos detendremos en detalles, pero como sabemos por las Escrituras, el evangelio de Pablo prescindía completamente de cualquier forma religiosa del hombre natural, y de cualquier méri­to de éste en la observancia a ordenanzas. Él presentó las buenas nuevas de salvación como un asunto de la entera y soberana gracia de Dios, cosa que anulaba de raíz todo mérito del hombre en Adán, aun cuando éste asumiera una forma de falsa piedad religiosa. Y a causa de ello, desde un primer momento, Pablo tuvo que enfrentar la facción judaizante que pretendía mixturar la gracia de Cristo con la obediencia a la ley mosaica. Pablo fue muy consistente en no con­descender a esta pretensión. Y en este sentido, él habla de “los fal­sos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para es­piar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud, a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros” (Gálatas 2:4-5). “Entonces algunos que venían de Judea en­señaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que su­biesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión” (Hechos 15:1-2). En Jerusalén, los apóstoles, los ancianos y los hermanos, por la guía del Espíritu, confirmaron que no era necesario que los gentiles se circunciden y guarden la ley (ver Hechos 15:24,28-29). 

 

Después de quedar zanjado este asunto, nos llama inmediata­mente la atención el hecho de que Pablo, en su segundo viaje a los gentiles, circuncidó a Timoteo “por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era grie­go” (Hechos 16:3). Es cierto que el caso de Timoteo era especial, pues siendo de madre judía y padre griego, los judíos le veían como un bastardo. Y si bien Pablo podía, en la libertad cristiana, condescen­der con los judíos sin que la ordenanza y el ceremonial viniesen a ejercer un domino subyugador, notaremos que en su ministerio ja­más ganó a un judío judaizando. Toda concesión en este sentido, nunca produjo un solo fruto. Por el contrario, su apresamiento en el templo demuestra que toda cesión al rito fue en su propio perjui­cio, y para nada obtuvo un beneficio a favor del evangelio. Lo cier­to es que desde su segundo viaje, se ve en el apóstol el desarrollo de esas consideraciones y afectos a los judíos y a Jerusalén, que van perturbando más y más su ministerio. Por varias evidencias, cree­mos que el libro de Hechos nos muestra un proceso de desarrollo de esta flaqueza del apóstol, y podemos pensar que el caso de la cir­cuncisión de Timoteo en la esfera de su labor entre los gentiles, es el primer síntoma que inició este proceso. En verdad la circuncisión de Timoteo no evitó eludir la murmuración y mala disposición de los judíos legalistas, la cual nunca quedó satisfecha ni produjo un cam­bio de actitud hacia el ministerio del apóstol, por más que él con­descendiera con ellos. Él podía en su gran amor a ellos condescen­der con los de su nación, mas ellos jamás dejarían su posición lega­lista y ritual. Es más, el libro de los Hechos es un testimonio que la oposición más encarnizada contra el evangelio de la gracia, no vino tanto de los gentiles como de los judíos. Oposición que fue tan in­transigente como sanguinaria. E incluso, algunos alborotos de los gentiles nacieron motivados por la acción subrepticia de los judíos (Hechos 13:45-46; 14:2,19; 17:5-8; 18:5-6,12; 19:8-9; 20:3,19; ver también los capítulos 21 a 23).

 

Como dijimos, observamos un proceso en donde el ministerio del apóstol se ve de alguna manera empañado por sus afectos a los judíos. Era propio que en su ministerio entre los gentiles él fuera a los judíos, pues el designio de Dios es “al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16); pero en cuanto que sus afectos a los de su nación se van interponiendo más y más en su ministerio a los gentiles, observamos un Pablo que lentamente desciende hacia una falsa posición, que alcanza su concreta materialización cuando oyendo a Jacobo y los hermanos de Jerusalén, entra al templo y ju­daíza. Pero antes de llegar a este extremo, queremos notar cómo el apóstol, aunque siempre parado en una posición de libertad, él mis­mo asume conductas que ponen en evidencia lo que hemos apunta­do. Así, en Cencrea, se rapa la cabeza “porque tenía hecho voto” (Hechos 18:18), y se despide de los judíos de Éfeso, diciendo: “Es nece­sario que en todo caso yo guarde en Jerusalén la fiesta que vie­ne…” (v. 21). Es muy posible por lo que leemos en Hechos 18:22, que la expresión “subió para saludar a la iglesia”, se refiera a la iglesia de Jerusalén, pues había arribado a Cesárea con tal propósito, y lue­go de subir, “descendió a Antioquía” (2) (Hechos 18:22-23).

2). Recordemos que en las Escrituras siempre se utiliza la expresión “subir” para ir a Jerusalén, y “bajar” o “descender” para ir de allí a otro sitio: Hechos 15:2; 21:15; etc.

 

 En esta oca­sión, no se advierte que Pablo haya tenido grandes dificultades, pe­ro sí podemos observar un principio que gobierna su corazón, un principio que le ata de alguna manera a Jerusalén y al ritual a causa de su amor a los judíos. Él se rasura en cumplimiento de un voto ju­dío y sube a Jerusalén a una fiesta judía, y ello cuando su doctrina era justamente la ineficacia absoluta de todo lo que era según la ley, tanto para salvar como para generar cualquier vínculo, comu­nión o mérito delante del Señor; y todo esto, cuando el campo de su labor nada tenía que ver con Jerusalén, sus ceremonias y sus orde­nanzas. No dudamos que él pueda utilizar la libertad cristiana sin que el voto, ni la ordenanza, ni la fiesta, ni Jerusalén, ejerzan un dominio subyugante sobre la conciencia y el corazón; él puede con­descender a todo esto conforme a sus afectos y amor sincero man­teniendo, como judío, una buena conciencia delante de Dios; pero nada de esto era compatible con su posición como apóstol de los gentiles, y menos aún si de alguna manera interfería en su ministe­rio. Y aun cuando aquello a lo que se sometió y condescendió para nada signifique pecado ni la renuncia a la verdad que enseñaba, sin embargo nunca sabemos cómo el ejercicio de la libertad pueda a la larga, generar una trampa para el que hace un uso amplio de ella. Una trampa que puede enredar nuestro corazón en cosas que ter­minan por perturbar nuestro servicio y ministerio al Señor, haciéndonos salir de la posición desde la cual hemos de cumplir tal servi­cio o ministerio.

 

Lo que se observó en el segundo viaje del apóstol en referen­cia a la circuncisión de Timoteo, al voto, y la subida a Jerusalén con el propósito de guardar una fiesta del judaísmo, no aparece, a pri­mera vista, como algo que perturbe la marcha del ministerio del apóstol; pero no ocurre lo mismo en su tercer viaje. En Efeso, “Pa­blo se propuso en su espíritu(3) ir a Jerusalén, después de reco­rrer Macedonia y Acaya, diciendo: Después que haya estado allí, me será necesario ver también a Roma” (Hechos 19:21).

 

 (3). Siguiendo las mejores traducciones colocamos: “en su espíritu”; pues no se hace referencia al Espíritu Santo, el cual varias veces y por varios medios le advirtió sobre las dificultades que le esperarían si subía a Jerusalén: Hechos 20:22-23; 21:4,10-14.

 

 Es intere­sante observar aquí, que el apóstol estando en el terreno propio de su ministerio y teniendo en claro que después de recorrer Macedo­nia y Acaya le era necesario ir a Roma, él interpone a Jerusalén. En ocasión del cumplimiento de su labor entre los gentiles, había luz acerca de cuál era el siguiente paso que debía dar en cuanto a la obra del Señor: ir a Roma. Pero él coloca en medio a Jerusalén. Entonces vemos a un Pablo agitado, que se apresura por llegar a la santa ciudad con el propósito de estar allí el día de Pentecostés. En su premura, desde Mileto manda a llamar a los ancianos de Éfeso.

 

“Porque Pablo se había propuesto pasar de largo a Éfeso, para no detenerse en Asia, pues se apresuraba por estar el día de Pente­costés, si le fuese posible, en Jerusalén” (Hechos 20:16). Su apresu­ramiento deja atrás campos de labor, y al parecer, luego advierte la necesidad de ver a los ancianos de Éfeso, y entonces les llama des­de Mileto. Pablo precipita un viaje que nada tenía que ver con la es­fera de su ministerio, y por ello, atraviesa los campos de su labor de una manera agitada. Él mismo dice a los ancianos: “ligado yo en es­píritu, voy a Jerusalén”, y “de ninguna cosa hago caso”. Y ello, a pe­sar de las advertencias de lo que allí le esperaría (Hechos 20:22-24). Hay en el discurso de Pablo ante los ancianos de Éfeso, mucho amor pero también, entre otras cosas, un tono que reivindica su ministe­rio. Creemos que él está obrando en la libertad que siempre carac­terizó su ministerio, pero en el apresuramiento de uno que ha liga­do su alma por afectos a un terreno extraño al mismo, y se ve impe­lido a justificarse de alguna manera previendo consecuencias de lo que le pudiera esperar en Jerusalén.

 

Pablo pasa por alto las advertencias de los hermanos de Tiro y del profeta Agabo, y los ruegos de sus colaboradores (21:4,10-15), y llega a Jerusalén. En Jerusalén es recibido con gozo por los her­manos. Ante el relato de lo que Dios había hecho entre los gentiles, los creyentes de allí glorifican a Dios. Pero inmediatamente, los re­presentantes más conspicuos del partido judaizante, entre los cua­les estaba Jacobo, dicen a Pablo: “Ya ves, hermano, cuántos mi­llares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costum­bres. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oi­rán que has venido. Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto. Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas or­denadamente, guardando la ley. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sa­crificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación” (Hechos 21:20-25). Todo aparenta estar en su lugar pues la cuestión de los gentiles, es salvaguardada conforme a lo antes determinado (Hechos 15). Ellos no deben judaizar, pero Pablo es invitado a hacerlo para congraciarse con los judíos que habían creído. Entonces, el após­tol, en uso de su libertad sigue lo sugerido. Se purifica según el rito judaico con los otros dos, y entra en el templo para presentar la ofrenda (v. 26). Como sabemos por el relato del libro de los Hechos, unos judíos de Asia generan un gran alboroto contra Pablo, y el após­tol es prendido en el templo. Para nosotros sería impensable que el gran apóstol de los gentiles, que en su doctrina fue plenamente con­sistente con la verdad de la justificación por la fe sin las obras de la ley, cediera a los ritos judaicos, observase fiestas y purificaciones, y hasta presentase ofrendas. Y si bien no tenemos ninguna duda de que él nunca cambió su criterio acerca del lugar que tanto la ley y el ritual tenían delante de Dios como medios absolutamente inefica­ces para obrar toda justificación y gracia, él accede a colocarse en la posición de un judío que guarda la ley. Posición completamente extraña a la naturaleza de su ministerio. Él se experimentó libre de asumir tal posición como judío que era, pero tal libertad generaba conflicto con la naturaleza de su ministerio apostólico. Y el ejerci­cio de esta libertad le condujo a una posición falsa y completamen­te extraña a la naturaleza de su ministerio y de las verdades que se le habían confiado. Pablo podía someterse al rito judío como un ju­dío que, con buena conciencia, quería congraciarse con los judíos que habían creído en el Señor; pero de ninguna manera podía hacer esto como el apóstol de los gentiles y ministro de la Iglesia, ni como el conducto de la revelación de la doctrina cristiana. El ejercicio de la libertad le llevó a una posición extraña, desde la cual no solo que no logró lo pretendido sino que a la vez asume una serie de conduc­tas impropias a la dignidad de su apostolado, tal como lo muestran algunos de los sucesos que siguieron a su arresto en el templo. Él se ve entonces obligado a defenderse como un judío que con buena conciencia guarda la ley y ritual, y debe ampararse en su condición de ciudadano romano para evitar el látigo y una posible condena­ción a muerte que demanda el concilio. Observamos entonces, có­mo una posición falsa encarcela a ella y suele generar otra posición falsa. Así, un Pablo que en el templo asume el lugar de un judío celo­so a la ley, luego debe defenderse y presentar su inocencia como ju­dío celoso a la ley, y no como lo que era: apóstol de los gentiles. Esto queda bien claro en pasajes como Hechos 25:8; 22:3; 24:11-­12,17-18. Creemos que su amor a los judíos, y especialmente a los que habían creído, comprometió sus afectos de una manera tal, que ejerció su libertad cristiana colocándose en un terreno impro­pio a su ministerio y dignidad como apóstol. Su imagen ante los ju­díos que habían creído era negativa, pues permaneciendo ellos aún en el celo de la ley (21:20), se les había dicho que Pablo enseñaba a apostatar de Moisés y dejar a un lado las costumbres del judaísmo. Y él, queriendo congraciarse con ellos, pretendió aparecer como uno que celosamente guarda la ley (21:24). Y si bien la sugerencia de los hermanos de Jerusalén parecía lógica, puesto que el asunto de los gentiles se mantenía según lo resuelto anteriormente (v. 25 con Hechos 15), Pablo nada logra sino solo el odio de los judíos incrédu­los, una golpiza y las cadenas. Toma una posición extraña a su lla­mamiento y ministerio, y esto en un terreno que en verdad nada te­nía que ver con su apostolado. Y desde entonces le vemos esforzarse por aparecer como un judío que anda ordenadamente, guardan­do la ley (v. 24).

 

El caso del apóstol nos muestra con claridad, que el conoci­miento de la verdad y el uso de la libertad cristiana no siempre van de la mano, ni en la armonía en que el Espíritu une ambas cosas; y entonces, nuestro espíritu puede intervenir tomando una posición que si bien no es un flagrante pecado o desobediencia, sí importa una acción de nuestro propio espíritu tomando un lugar extraño a la verdad. Un lugar extraño que pudiera de alguna forma contradecir la verdad misma o atarnos a aquello de lo que deberíamos ser com­pletamente libres. Y aquí podemos observar cómo un ejercicio de­fectuoso de la libertad cristiana puede producir un efecto contrario a la libertad misma, generando una atadura y cerrojo que nos enre­da en circunstancias de las que es muy difícil salir. Cuando el ejerci­cio de la libertad contradice la posición que es correcta según la ver­dad, generalmente tal ejercicio es defectuoso y traerá sus conse­cuencias gubernamentales y disciplinarias. Y sobre todo, cuando es­tamos bajo la poderosa influencia de los afectos, que nos hacen ver bueno aquello que Dios no necesariamente aprueba. Aprendemos aquí, que los afectos fraternos pueden intervenir de una manera completamente opuesta a los pensamientos de Dios, y arrastrarnos a conceder cosas que en verdad afectan nuestra posición que es se­gún la verdad. Y la prueba de todo ello, es que un Pablo que, en el ejercicio de la libertad cristiana quiere congraciarse con los judíos que han creído, cae en las manos de los judíos incrédulos, no lo­grando nada en Jerusalén sino sus cadenas. Y esto, tal como el Se­ñor se lo había dicho y él mismo lo reconoce: “no recibirán tu tes­timonio acerca de mí” (Hechos 22:18). Un Pablo que cede al rito y las ordenanzas judaicas, no gana un solo judío para Cristo. Por el con­trario, gana sus cadenas y su posición es equívoca. Él, más que ga­nar a los judíos que habían creído, cosechó el odio homicida de los judíos incrédulos. Será mil veces más fructífero el ministerio escri­to de un Pablo en cadenas(4), que un Pablo en el templo de Jerusalén haciendo voto, purificándose y presentando ofrendas.

 

(4). Fue preso que plasmó las preciosas epístolas de la cautividad: Efesios, Colosenses, Segunda a Timoteo, Filemón y Hebreos.

 

 Por cierto que la libertad cristiana me puede llevar a condes­cender en muchas cosas, pero siempre que ello no comprometa la verdad divina. Los afectos, y especialmente los afectos fraternos, nos pueden arrastrar a un ejercicio defectuoso de la libertad que nos coloca en una posición falsa, desde la cual nada lograremos, pues a la larga el gobierno de Dios saldrá a nuestro encuentro recla­mando la reivindicación de las verdades deliberadamente dejadas a un lado. Si el ejercicio de la libertad nos hace tomar una posición ambigua o equívoca en cuanto a la verdad, ello afectará mi comu­nión con Dios y generará deterioro en mi vida espiritual, cosas que terminarán por hacerse evidentes. Si hemos tomado así una mala posición, esa misma mala posición neutraliza el poder de la verdad no solo en mi conciencia sino también en la de otros. Creemos que uno de los tropiezos más grandes que hallamos en el creyente, en lo tocante al ejercicio defectuoso de la libertad cristiana, lo encon­tramos justamente en esos afectos fraternales que nos hacen ceder en cuanto a la verdad; por eso es necesario saber que el ejercicio de la libertad cristiana es cosa que está bajo nuestra entera res­ponsabilidad, y que nunca debiera ser tal, que mine de alguna forma los intereses divinos.

 

 

Sin duda que el gobierno y la disciplina de Dios intervienen en cuanto al uso que hacemos de la libertad cristiana. Esto es bien cla­ro en el caso del apóstol Pablo, pues su falsa posición asumida tras judaizar, le mantuvo en ella por mucho tiempo. Y desde ella hizo más por pretender su inocencia como judío que guarda la ley, y co­mo ciudadano romano que no ha ofendido las leyes del imperio, que como lo que en verdad era: el apóstol de los gentiles y el canal de la doctrina de la Asamblea. Es cierto que a pesar de todo, el Se­ñor cumplió en él sus propósitos ante los judíos y las autoridades ro­manas de la época, y que finalmente recuperó completamente su co­munión delante del Señor (cosa que se ve en el tempestuoso viaje a Roma), pero las consecuencias gubernamentales siguieron por bas­tante tiempo. De manera que podemos advertir con mucha clari­dad, que el ejercicio de la libertad cristiana es algo que está bajo la responsabilidad personal de cada creyente. Sin duda que es un bien muy preciado, pero al que soy llamado a disponer y gozar de una ma­nera cuidadosa e inteligente, en dependencia al Señor.

 

No estamos colocando reglas para el ejercicio de la libertad cristiana, pues si así lo hiciésemos, la estaríamos negando. La liber­tad cristiana no responde a reglas, pero sí decimos que debemos sondear nuestros corazones y conocer cómo mis afectos pueden tur­bar su sano ejercicio. Por eso, el ejercicio de la libertad cristiana ha de ser acompañado por el juicio sobre mí mismo, y sobre todo, en el conocimiento de la flaqueza de mis afectos. Ellos pueden ha­cer que yo confunda la guía del Espíritu con el propósito de mi espí­ritu. En definitiva, la libertad cristiana es la libertad de Cristo, no la de mi antojo o capricho. Es un bien muy preciado que me eman­cipa de las cosas pero que no es licencia para la carne, un bien que debo disponer para edificación, un bien del que soy plenamente res­ponsable de su ejercicio delante del Señor, y que de ninguna mane­ra es la posibilidad de negar la verdad. Puedo condescender a mu­chas cosas, pero no verdad de Dios.

 

R. Guillen